Nueva canción

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P. Xabier Eskauriatza Bilbao. España 

           Jueves Santo. Es la noche de la cena. Tú me has invitado, aunque quizás ninguno de nosotros merecemos estar a tu lado por las veces que te hemos fallado, abandonado, hecho oídos sordos a tu palabra...Pero el caso es que estoy entre quienes has reunido en tu mesa de fraternidad para cenar contigo. Al poco de iniciar, te has levantado y has comenzado a limpiar nuestros pies como si se hubiesen invertido los roles: tú, siendo el Señor, te haces esclavo y nos lavas a quienes tenemos poco de señores y mucho de pecadores. Y ese gesto me ha descolocado y me ha roto los esquemas para siempre. Porque yo solía tener colgado en mi comedor un letrero que decía: "Reservado el derecho de admisión". Y tu gesto indica que tú eres capaz de sentar a tu mesa incluso a los que nosotros excluimos o no admitimos. Hoy, veintiún siglos después, seguimos excluyendo de nuestras mesas a millones de hermanos y hermanas que consideramos indignos...cuando quizás los indignos somos nosotros. ¿A quién de nosotros no nos cuesta limpiar los pies de los antisociales, de los rotos por la droga, de los marginados por esta sociedad, de los enfermos seropositivos, de los apestados y de los que nadie quiere en sus casas?...

             Es la mesa del pan partido y compartido. Nos averguenzan quienes mueren de hambruna. Nos sonrojan los que mendigan como Lázaros modernos las pocas migajas que caen de nuestras mesas opulentas. Nos quema la conciencia el ver cómo en las mesas de los poderosos, los pobres no tienen ningún sitio. Y me pregunto si nuestras eucaristías son de tu agrado. Resuenan en mi interior las palabras de Isaías: "El verdadero culto agradable a Dios es liberar a los presos, dar comida al hambriento, vestir al desnudo, proteger al huérfano...". Quizás profanamos tu altar con inciensos, canto gregoriano y sublimes liturgias...mientras ninguno de nosotros se arrodilla ante los pobres para limpiarles los pies.

             Y, pese a todo, tú nos das el pan de la Vida y el vino de la Alianza. ¡Gracias, Señor, por contarme entre tus comensales y por permitirme celebrar cada año la cena de la pascua, la cena del amor fraterno y la cena de la liberación!

 

           Viernes Santo. Llevo desde hace muchos años una cruz colgada de mi cuello. Siempre la preferí antes que las medallas u otros amuletos. Pero demasiadas veces olvido que esa cruz lleva clavada a su madera un nazareno. Tú estás clavado en esa cruz. Tu crucifixión es un homenaje y una reivindicación de todos los crucificados de la historia. De todos los ajusticiados sin justicia. De todos los condenados sin defensor. De todas las víctimas del terror, de las guerras, de la violencia, de la opresión. Tus brazos extendidos y clavados en el madero son un abrazo grande, inmenso, tierno para todos los muertos y ejecutados. Tu muerte en cruz se actualiza en todos y en cada uno de los que la injusticia les ha arrebatado el mejor de los tesoros y la mayor de las dignidades: la vida. Ayúdame a contemplar en silencio el drama del calvario. Del tuyo y de todos los calvarios. No quiero falsas emociones, ni lágrimas de cocodrilo, ni golpes de pecho fingidos, ni estampas estéticas de viernes santo. Ayúdame a desclavarte. Ayúdame a rescatar de sus cruces a mis hermanas y hermanos que encarnan tu injusta condena y repiten contigo: "¡Dios mío...¿por qué me has abandonado?!". No quiero crucifijos de oro ni de plata. Quiero desclavarte. Quiero ser el Cireneo que ayude a los demás a llevar sus cruces. Quiero repetir más desde el fondo de mi alma que desde mis cuerdas vocales aquella oración del centurión al verte expirar: "¡Realmente, este hombre es el Hijo de Dios!". No permitas que huya como Pedro y los demás dejándote sólo frente a tu noche oscura de muerte y abandono. Quiero estar a los pies de tu patíbulo...tembloroso y acongojado. Como María, como Juan. Quiero romper el silencio y la tiniebla gritando con todas las fuerzas de mi poca fe y de mis debilidades humanas esa expresión que resume todo el misterio de este Viernes: "¡Oh, Cruz, tú nos salvarás!".

 

           Domingo de Resurrección. He ido a tu tumba para poner sobre ella. Unas flores como homenaje a tu memoria. Aún de madrugada, como con miedo por si alguien me pudiera ver. Y me encuentro con tu sepulcro profanado, vacío. El mármol está movido y tu tumba está vacía. ¿Qué han hecho con tu cuerpo?. No son capaces de respetar ni siquiera un cadáver... Y me duele profundamente sentirme sólo, con las flores en la mano, haciendo el ridículo en medio del camposanto. Las tiro a la papelera, porque una tumba vacía no merece flores... y doy media vuelta preguntándome si todo esto no habrá sido un sinsentido: mi fe, mi credo, mi bautismo, mi vocación sacerdotal...

           Y cuando estoy a punto de dejar el jardín que rodea el cementerio oigo un susurro, una voz, un tono que se me hace conocido. Una voz que pronuncia mi nombre. Y me estremezco. Y te descubro frente a mí: luminoso, transfigurado, vestido de sol y de primavera. Resucitado en medio del jardín...La negrura del sepulcro se ha tornado en arco iris de lirios, hierba y amapolas...La frialdad del mármol se ha tornado vida multicolor de plantas, árboles y arbustos...El silencio de la muerte es ahora viva voz del Amigo de siempre. ¡Qué torpe soy! ¿Cómo iba a encontrar en la oscuridad del sepulcro al autor de la vida?. Sí. Eres Tú, mi Señor. Vives, pese a todo y pese a todos. Lloro lágrimas de alegría. Resuena en mi corazón el "Aleluia" de Haendel...y balbuceo como Tomás el incrédulo:"¡Señor mío, y Dios mío!". Y te abrazo sin poder articular más palabras...porque me desborda tu presencia y porque tu resurrección desborda todo mi ser. Y te oigo decirme: "¡Anda, ve y díselo a tus hermanos!". Es la orden más maravillosa que nunca nadie jamás antes me ha dado.

 

 
 
 
 

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