LA MULA CIEGA

Dr. Oswaldo Castro I.

AGUA Y AGUA

-Pero también al tacto –interrumpió Arturo, pasando sus manos por los hombros y por los brazos de la chica y rozando apenas los senos con sus labios al descender hacia las caderas.

-Bueno. Sigue viendo los libros que yo voy a ver si ya ha pasado el café.

-Te acompaño a la cocina.

-No. Quédate ahí. Ya traigo las tazas y el azúcar.

Pocas ganas tenía Arturo de mirar libros. No podía, sin embargo, comprender lo que le estaba pasando. La muchacha era preciosa: la armonía de su cuerpo, acentuada por su piel de canela, sobre la cual resaltaba esplendoroso el verdor de sus ojos, le atraía vigorosamente, pero era una atracción que iba más allá del sexo, a pesar de que el sexo era su centro, una atracción que flotaba en un nivel muy superior, para llegar al cual había, naturalmente, que ascender por la escalinata de las caricias elementales, aunque éstas no constituían un fin sino un medio.

Deseaba a la chica pero, en el fondo de su ser, comprendía que en su deseo había un remoto elemento de sacrilegio, que para llegar a ella había que pasar por la ceremonia del castillo de Iris.

Panchita era un sueño hecho carne pero, a la vez, era la carne de su sueño. Panchita era Iris y ella no lo sabía.

-Aquí está el café. Traigo estas tortillas de maíz. Son de ayer pero están buenas. Las he calentado un poco.

No estaba cohibida no nerviosa. Su voz era perfectamente tranquila. No estaba desnuda sino vestida de belleza. Al verla que se acercaba con su andar rítmico y sus senos temblorosos se acordó de los versos que se estudiaban en El Vergel, se acordó de los Cantares y, en voz alta, dijo:

-¿Quién es la que sube del desierto como columnita de humo, perfumada de mirra e incienso?

-Estás inspirado. Seguramente leíste la frase en el libro que tienes en la mano. Es muy lindo. Son Las Moradas, de Santa Teresa de Jesús.

-No. Esos versos son de la Biblia. Los estudiábamos con don Facundo.

-Toma la taza.

La chica, con toda naturalidad, casi con impudicia e inconsciencia, rozaba con su cuerpo a Arturo al servirle el café. El muchacho, sin levantarse de la silla, puso el libro y la taza sobre la mesa, cogió a Panchita y la sentó en sus rodillas. Se miraron un momento como interrogándose y luego se besaron profundamente mientras las manos de él se posaban sobre los pechos de ella y las de la muchacha se deslizaban por debajo de la camisa húmeda de su compañero y le sobaban la espalda con movimientos de rotación y con contracciones de los dedos que intentaban rasgar la piel.

Las bocas se separaron para tomar aliento.

-Eres como una samaritana que me brinda su amor, eres como una princesa…

-Y tú como un príncipe. Déjame verte bien de cerca. Tu frente es grande pero, a pesar de que eres un muchacho, ya te están asomando arrugas, señal de inteligencia.

-Quiero cambiarte de nombre. Quiero que te llames Iris y no Panchita. Para mí, de ahora en adelante, serás sólo Iris.

-Me gusta mucho el nombre. También me gusta que me digas princesa. Puede ser que algún día lo sea.

-Ya lo eres.

-Voy a borrarte las arrugas.

Seguía sentada en sus piernas y, como jugando, masajeaba suavemente con los dedos la frente de Arturo. Este le cogió las manos, la besó y las miró fijamente.

-¿Sabes tú que tus manos me están sonriendo? Tus manos son muy bonitas: son como una sonrisa. Toda tú eres hermosa. Tu cuerpo tiene un olor único.

-Tú también tienes un cuerpo hermoso. Fíjate que en este momento nosotros somos el centro del mundo. Yo también quiero ver tu cuerpo y acariciarlo. El tiempo es ahora de nosotros. El presente y el futuro son nuestros.

Arturo recordó nítidamente su sueño. Panchita estaba usando las mismas palabras que había usado Iris.

Cogió a la chica en sus brazos y cubriendo con sus labios la boca entreabierta que se le ofrecía como fruta húmeda penetró en el dormitorio con su carga de amor.

El leve vapor que desprendían las tazas de café se diluyó inútilmente en el aire de la estancia.

LAS VACACIONES ESCOLARES

De este año serían más largas que las del año anterior. Porque era una época de aguaje y el invierno duraba más.

A Arturo no le importaba que se desplazara la apertura del nuevo curso escolar. Hasta dos meses atrás tal cosa le hubiera preocupado y contrariado mucho, porque le gustaba estudiar y porque si no iba a la escuela no tenía nada que hacer. Ahora, no. Su vida había cambiado. Mucho. Mónica y el buque de la PSNC. Aventura fotográfica nublada por el alcohol. La revelación de Panchita y su identidad con Iris. Aventura real nublada por el sueño. La singular excitación de la muía después de su encuentro con Panchita: el animal respiraba alegría por todos sus poros. Después de haberse encontrado de nuevo, Panchita y él se sentían proyectados hacia otra dimensión. Vivían en otro mundo. El cual, sin embargo, seguía guardando conexiones estrechas con el mundo de los demás.

Por otro lado, tenía que defenderse del asedio de Rebeca.

Esta no perdía ocasión de acercársele, de invitarle a dar paseos por el cacaotal, de entrar en la bodega cuando él estaba solo en ella y, en fin, de conversarle de cualquier cosa: lo importante para la muchacha era cerca de él.

Y precisamente había llegado la época en que la chica dispondría de muchas oportunidades, porque todas las actividades se habían concentrado en la preparación de una partida de cacao que había que despachar al pueblo pocos días después. (Continuará).

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