LA MULA CIEGA
Dr. Oswaldo Castro I.
EL SACERDOTE ESTABA INQUIETO
En la esquina próxima, una plataforma cuadrada cubría el pozo construido por los bomberos, más que para combatir los incendios –las bombas estaban enmohecidas y las mangueras agujereadas- para hacer los ejercicios domingueros enfundados en sus enormes casacas rojas de botones dorados y sus cascos blancos. Junto a la plataforma, un antiguo tamarindo cubría con su sombra los cuerpos inmóviles de una pareja de perros que dormían plácidamente la siesta. Sobre una de las ramas más altas, una pareja de pericos, muy juntitos, se acariciaban tiernamente.
“Periquito, periquito, te pareces a Bernardito que me ha hecho este regalito”. Julia tenía la costumbre de buscarle consonante a todo. ¡Qué linda estaba con su vestido celeste la primera vez que salieron solos por las avenidas de El Ejido! Corrían por el prado cogidos de la mano en carrera desesperada y cuando les faltaba el aliento se sentaban y guardaban silencio un largo rato. La brisa fresca que enfriaba las gargantas de las montañas cubiertas de nieve era manjar delicioso para sus bocas secas y para sus raíces sedientas del escaso oxígeno que se respiraba en el altiplano.
A pesar de que los padres de ella se opusieron a sus relaciones –era él un provinciano pobre y desconocido y ella una de las principales damitas de la sociedad capitalina– sus amores siguieron adelante y le sirvieron de estímulo para avanzar. Después de haberse paseado con gallardía por los laberintos de la Economía Política y por los textos de Historia del Derecho, Ciencia de Hacienda, Derecho Administrativo y tantas otras disciplinas que uno tiene que olvidar para triunfar en la vida, y después de haber aprendido de memoria el Código Civil y el de Procedimiento, los padres de Julia cedieron al fin y, una vez que obtuvo su licenciatura, fue aceptado como novio oficial de la chica.
“Fijáraste la vulgaridad de ese mono, decía su futura suegra que no perdía ocasión de demostrarle su aversión gratuita. “Regalarle un perico a mi hija!”. Cuando visitaba la casa de su novia, dos veces a la semana, se sentía observando por todos los ojos de la familia, que le miraban los zapatos, la línea del pantalón, los ojales del saco, el cuello de la camisa…
Unos golpes en la puerta principal interrumpieron la marcha de sus recuerdos. Se levantó a ver quién era el visitante. No podía ser Agustín Mieles porque éste venía a caballo y él lo hubiera visto desde la ventana.
-Buenas tardes, Padre Bernardo.
-¡Hola, Arturo! Buenas tardes. Entra muchacho. ¡Qué gusto me da verte por aquí!
-He venido, Padre porque quería conversar un ratito con su reverencia, si me lo permite.
-Claro que sí. Vamos a la sala. Siéntate aquí al lado de la ventana. Estoy esperando a un amigo que viene a caballo y quiero verlo antes para abrirle la puerta enseguida, porque se trata de un hombre muy impaciente. Pero, vamos a lo tuyo. ¿Qué querías conversar conmigo?
-Nada especial. Sólo quiero hacerle unas preguntas pero, si me perdona su reverencia, quisiera que me las conteste no como sacerdote sino como hombre.
-Muy bien, muchacho. Tú quieres tener una conversación conmigo de hombre a hombre. ¿No es cierto?
-Sí, Padre.
-¿Crees que puedo engañarte?
-No, señor. No es eso. Pero su reverencia puede contestarme las preguntas con muchas palabras, con un discurso, y lo que yo quiero es una respuesta sencilla, que yo la pueda comprender bien.
-Bueno ¿qué es lo que quieres saber?
-Perdóneme, Padre, pero yo quisiera saber si su reverencia cree verdaderamente lo que predica o si es que se ha aprendido de memoria esas cosas y las repite como los discos del fonógrafo de don Doménico.
-Muy atrevido eres, muchacho, al hablar en ese tono a un Ministro del Señor y preguntarle esas cosas, pero te contestaré sencillamente que sí, que creo firmemente en todo lo que digo pero, para que te quedes tranquilo, te diré que a tu edad no lo creía con tanta firmeza. No me extraña que tengas dudas. Todo el mundo las tiene, las ha tenido y las seguirá teniendo.
-Gracias, Padre. Ahora le diré una de mis grandes dudas: como para Dios nada es imposible. El puede permitir que existan personas que no crean en El y hacer que las almas de ciertas personas pasen a otras personas y hasta a otra clase de seres vivos, árboles, animales, por ejemplo. ¿No es cierto?
-No, muchacho. Eso no está escrito en ninguna parte y, aunque para Dios todo es posible, hay cosas que van más allá de la razón. Fíjate que Dios no podría crear a otro Dios que fuera más poderoso que El.
-Entonces ¿no es posible que haya organismos vivos que tengan alma, a no ser las personas? Su reverencia sabe que los conocimientos científicos….
-Mira, Arturo. Yo no quiero darte una clase de teología, pero hay revelaciones públicas y revelaciones particulares. Las públicas terminaron con los Apóstoles, forman la base del pensamiento de la Iglesia y hay que creer en ellas.
Las particulares, llámense milagros, apariciones, sueños proféticos, son de fuero personal y no es forzoso creer en ellas. La aparición de la Virgen de Lourdes, por ejemplo: una persona puede no creer en tal aparición y, a pesar de ello, seguir siendo buen católico.
-Pero los adelantos cinéticos…
-Óyeme bien, Arturo. Cuando yo tenía tu edad, ya te lo he dicho, mis dudas eran mayores que las tuyas. Pero escucha lo que voy a decirte: las pequeñas verdades se descubren con la ciencia; las grandes verdades, con la fe.
Se produjo un silencio durante el cual Arturo absorbía con lentitud pero con seguridad los argumentos del sacerdote. Después de un momento dijo: Padre Bernardo, usted es el hombre más inteligente del mundo. (Continuará). |